domingo, 12 de abril de 2015







ESTRATEGIA DE APOYO – LENGUA CASTELLANA - GRADO UNDÉCIMO
TERCER PERÍODO ACADÉMICO
AÑO LECTIVO 2014-2015
 

Nota: El taller debe presentarse en hojas tamaño carta, escrito a mano, normas de ICONTEC (portada, letra legible, márgenes y bibliografía).

1. Encuentra en la siguiente sopa de letras 11 palabras pertenecientes al romanticismo, renacimiento e ilustración. Luego explica el significado de cada palabra



 


















2. Lee completo el cuento El gato negro  de Edgar Allan Poe y responde las siguientes preguntas:

·         ¿Qué explicación le das a este extraño suceso?
·         ¿Crees que el personaje es un asesino a sangre fría o sólo es una víctima de las circunstancias que le toco vivir?
·         Si tuvieras que describir el cuento con un color, ¿cuál sería y por qué?
·         Si tuvieras que ubicar el cuento en un momento exacto del día (al amanecer, al mediodía, a la medianoche), ¿en cuál lo harías y por qué?
·         ¿Por qué los gatos negros están tan fuertemente ligados, en nuestra cultura, con la maldad y lo demoniaco?
·         De acuerdo a las características generales del Romanticismo, que se encuentran en la página 192 del libro ZonActiva 11, escribe un texto (en una página) en el que demuestres que el cuento El gato negro, de Allan Poe, realmente pertenece al movimiento romántico.

EL GATO NEGRO
EDGAR ALLAN POE

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!





ESTRATEGIA DE APOYO – LENGUA CASTELLANA - GRADO DÉCIMO
TERCER PERÍODO ACADÉMICO
AÑO LECTIVO 2014-2015

                                  Teatro español del Siglo de Oro
(fragmento)

Aunque la riqueza de piezas teatrales escritas y representadas durante el siglo XVII ofrece una indiscutible diversidad, sí se puede también establecer un modelo de obra dramática, con una serie de características comunes, practicadas por los dramaturgos de esta época, a quienes el magisterio de Lope de Vega servirá de guía fundamental. Estas notas distintivas, conformantes de la denominada comedia nacional, serían:

1.     Las fuentes en que se inspiran los autores son, principalmente, el Romancero tradicional, la propia historia española y también la extranjera, los libros de caballerías, los asuntos religiosos extraídos especialmente de la Biblia, obras literaria anteriores, el refranero y, en fin, acontecimientos coetáneos a los escritores y que llevan a los escenarios con frecuencia. Todos los asuntos, sin embargo, se convierten en obras de arte por el poder fabulador de los dramaturgos , por la capacidad imaginativa de unos autores que saltan en el tiempo y en el espacio con la libertad propia de la ficción y la fantasía.

2.     Los temas que la crítica ha  considerado como más frecuentes en las comedias de nuestra época áurea eran cuatro: el amor, el honor, la fe y el orden social. Efectivamente, no hay obra dramática en el siglo XVII que no tenga relaciones amorosas como componente esencial (o uno de sus componentes fundamentales) de la historia desarrollada en el escenario. Con desenlaces felices, en la mayor parte de las ocasiones, los dramaturgos presentan pasiones amorosas, idílicas relaciones, parejas que buscan la felicidad a través del amor, platónicas declaraciones, agravios, celos … Y todo ello con una palabra dramática que, si a veces es tópica situación, en las más de las ocasiones logra diálogo de gran belleza e intensa emoción.

En relación con el amor, aunque no exclusivamente, se encuentra la vivencia del honor, o mejor de la honra, como quería Américo Castro. Ya Lope en el Arte nuevo de hacer comedias  afirma que los casos de  honra son mejores, porque  mueven con fuerza a tanta gente y este sentimiento profundamente arraigado en el español de la época, se convertirá en motivo dramático y tanto cual componente indispensable de las relaciones afectivas como también de las más complejas de orden social.  Un orden social manifestado especialmente en las comedias de carácter histórico , defendido desde los escenarios por los dramaturgos, lo cual no quiere decir que no se encuentren entre las comedias del XVII testimonios de lamento, queja o protesta por unas situaciones que se consideran injustas y merecedoras  de castigo, de cambio o de denuncia.

La comedia del XVII pretende asimismo ser una escuela moralizante y de bien obrar. Esto hace que la teología católica, la doctrina cristiana, sean elementos reiterativos en ls obras y, aunque las comedias, incluso las puramente hagiográficas, estén lejos del sermón o del puro doctrinalismo, en ellas late la más exacta ortodoxia sin planteamientos ni desarrollos de carácter conflictivo o levemente sospechoso de ruptura.

3.     En la denominada comedia nacional hay unos personajes que, por repetirse a lo largo de cientos de obras, se convierten en personajes-tipo, con individualidad, bien es cierto, que están en la mente de todos pues protagonizarán las mejores obras (El Cid, El Caballero de Olmedo). Estos personajes-tipo son: el galán, la dama, el rey, el poderoso (noble, generalmente), el caballero (padre, esposo, hermano…), el villano (limpio de sangre y orgulloso en su rincón aldeano) y, claro está, el gracioso y la criada, figuras siempre fundamentales, sobre todo el primero, en todo el teatro de esta época.

4.     Poemas dramáticos y, en consecuencia, diálogos y parlamentos de una belleza que nada tienen que envidiar a las composiciones de carácter lírico; las comedias pretenden “integrar la imagen poética y la imagen histórica de la existencia” por medio de la palabra. Una palabra, un lenguaje, henchido de poesía y dirigiéndose no sólo a la inteligencia sino también a la sensibilidad.

5.     La comedia del XVII se estructura en tres actos, denominados jornadas; cada acto tiene en torno a mil versos y todos los metros aparecen en la comedia, aunque los más empleados son el verso octosílabo y el endecasílabo y, por lo que se refiere a las estrofas y composiciones, son el romance, la redondilla, los sonetos, los tercetos, las quintillas, etc., las más empleadas.

6.     En fin, en cuanto a las  unidades dramáticas, sólo la de acción es respetada (aunque al lado de la denominada principal se desarrollan varias acciones secundarias de mayor o de menor importancia), mientras que los dramaturgos conducen al lector o espectador hacia lugares diferentes en una misma jornada, como también el tiempo transcurrido prácticamente nunca coincide con el tiempo del espectador, pues el desarrollo de la acción puede durar varios días o la vida entera de un personaje.

Entre los géneros denominados menores, ocupa un lugar fundamental en la historia teatral de España el entremés. Hasta nosotros han llegado cientos de piezas, la mayoría de autor anónimo; estas obritas, ofrecidas en general en los escenarios del XVII entre los actos de la comedia, suponían el descenso a la vida cotidiana, al a realidad más inmediata, a la grosería y a la burla procaz, por parte de un público que durante treinta o cuarenta minutos había sido conducido al reino ideal, del amor y de la heroicidad  y transportado a países lejanos y a tiempos pretéritos.

Obritas de corta extensión y en verso la mayor parte de ellas, suponen la práctica secundaria de muchos escritores, aunque algunos de ellos, como Quiñónez de Benavente o el propio Cervantes, ocupen un lugar de privilegio en la historia del teatro precisamente por estas piezas. El Diccionario de Autoridades definía ya así el entremés: “Representación breve, jocosa y burlesca, la cual se entremete de ordinario entre una jornada y otra de la comedia para mayor variedad o para divertir y alegrar al auditorio”. Y Eugenio Asensio, todavía el autor del mejor estudio de conjunto sobre este tipo de obras, ofrece un análisis del que podemos extraer las siguientes notas caracterizadoras:

1.     El “alma” del entremés tiene su hogar en la atmósfera del Carnaval y con él “el desfogue exaltado de los instintos, la glorificación del comer y el beber.., la jocosa licencia que se regodea con los engaños conyugales,  con el escarnio del prójimo”.
2.     “El entremés constituye un tipo teatral fijado por Lope de Rueda que se mueve entre dos polos: el uno, la pintura de la sociedad contemporánea con su habla y costumbres; el otro, la literatura narrativa, descriptiva o dramática”. Sus analogías están en la literatura oral y, en cuanto a ola escrita, en la acción celestinesca, la novela picaresca, la fantasía satírica, en asuntos y personajes de la comedia, como el gracioso, etc.
3.     Los tipos fundamentales del entremés son la alcahueta, el sacristán, el fanfarrón, el hambriento capigorrón, el estudiante bromista, hidalgos muertos de hambre, maridos cornudos, damas busconas, venteros que dan gatos por liebre, maleantes, hampones… Una galería, tanto masculina como femenina, que encontramos con frecuencia en el género costumbrista y de la que tantos testimonios pueden ofrecerse en la literatura española.
4.     Frente a la comedia, en entremés “acepta alegremente el caos del mundo, ya que su materia especial son las lacras y las imperfecciones de la sociedad coetánea y de las mismas instituciones humanas. Si hay moralidad es accesoria e implícita. La befa del viejo enamorado, del marido engañado, del iluso chasqueado implica la existencia de normas opuestas”.
5.     El espectador del entremés no se identifica, como lo hace en la comedia, con los anhelos del héroe, con ese ideal por el cual luchan y sufren; muy al contrario, el espectador tiene una especia de sentimiento de superioridad sobre los personajes del entremés –más antihéroes que héroes-, los cuales son vistos “desde una lejanía propicia a la risa, más prójimos que próximos”.
6.     Mientras en la comedia la jocosidad está subordinada a las “emociones nobles” de los protagonistas y esa parcial atmósfera cómica marca precisamente el contraste con el mundo representado por el galán y la dama, en el entremés “la óptica jocosa deforma todo, el ambiente cómico quita seriedad al acontecer y al personaje: el dolor y la maldad  son presentados esencialmente como resortes de la hilaridad, el campo de observación se reduce a las zonas inferiores del alma y la sociedad (…)”.
7.     Si el universo de la comedia –y así lo afirmábamos anteriormente – está expuesto ante el espectador por medio de la palabra poética, por un lenguaje dramático que busca, además de la comicidad, la belleza, “en el entremés el lenguaje exige la gesticulación, el gesto. El bullicio de los personajes propende a desembocar en danza y canto, naturales complementos de la orientación mímica”.
8.     En fin, el entremés “es un género inestable, perpetuamente buscando y forma, zigzagueante entre la historia y la revista, la fantasía y el cuadro de costumbres. Se apoya sin escrúpulos en todas las formas asimilables de divertimento, como el baile, la música, la mascarada (…).

Otro sin duda de los géneros dramáticos más importantes del teatro barroco es el auto sacramental, el cual es definido por Lope de Vega en una obrita titulada Loa entre un villano y una labradora:
Y ¿qué son autos? Comedias
a honor y gloria del pan,
que tan devota celebra
esta coronada villa
porque su alabanza sea
confusión de la herejía
 y gloria de la fe nuestra,
todas de historias divinas.

Así define Lope de Vega este tipo de obras y, efectivamente, los estudiosos están de acuerdo en que el motivo principal de las mismas siempre es honrar a la Eucaristía, aunque los asuntos –los argumentos, las historias dramáticas – son diversos, pero inexcusablemente de carácter religioso.

Otro problema es que Calderón de la Barca, el mejor practicante de este género, tomara el tema eucarístico como base dramática, lo cual no está de modo alguno en contradicción con la distinción ya realizada por Lope, como el propio autor de  El gran teatro del mundo afirma en el prólogo a su edición de doce autos, publicada en el año 1667.

Los que hay denominamos autores de comedias (en el siglo XVII este término se aplicaba al director de la compañía que representaba las obras) no podían vivir exclusivamente de su dedicación a la composición y al estreno de sus piezas. Más aun, la mayor parte de los dramaturgos no sólo escribieron este tipo de obras sino que también se dedicaron a la prosa o  a la poesía lírica, aunque algunos como Lope de Vega o Calderón de la Barca, ocupen primera fina en la historia literaria por su labor teatral.
Luciano García Lorenzo, Historia universal de la literatura,
Bogotá, Oveja Negra, 1983.


1.    Con base en la lectura del ensayo “Teatro español del Siglo de Oro”, de Luciano García Lorenzo, responda:
·         ¿Cuáles con las fuentes en que se inspiran los autores del teatro del Siglo de Oro?
·         ¿Cómo es la estructura de la comedia del siglo XVII?
·         ¿Cuáles son los temas que la crítica ha considerado más frecuentes en las comedias del Siglo de Oro?
·         ¿Qué personajes-arquetipo son frecuentes en la denominada “comedia nacional? ¿Qué representan?

2.    Identifique las principales características del entremés como  género dramático. Compárelo con el auto sacramental.

3.    Consulte acerca del origen del auto sacramental y el “gran teatro del mundo”

4.    Escriba un breve texto argumentativo acerca de por qué en el teatro de este período se insistía tanto en la idea de la  vida como un teatro y qué sentido filosófico tiene esta visión de la existencia.

















LENGUA CASTELLANA
TERCER PERIODO 2014-2015
GRADO: NOVENO
ESTRATEGIAS DE APOYO
NOMBRE: ____________________________
FECHA: _____________________________
FECHA DE ENTREGA: _________________

MARIO Y MARTA QUIEREN ROBAR.
Por Alan Rejón
Escenografía: Mural: frente a una casa de dos pisos
Personajes: Mario (Vestido de ladrón), Marta (Vestida de ladrona)
Utilería: Bolsas grandes,
Luces y sonido: música de la Pantera rosa, luces laterales, frontales y diagonales.

De noche, frente a una casa de dos pisos, Mario y Marta entran a escena en puntillas como los ladrones de la caricaturas, vestidos completamente de negro, Mario mira nerviosamente a ambos lados en cada oportunidad que tiene, Marta está más calmada pero se puede notar que algo le preocupa, además del hecho que no confía en Mario quien planeo toda la operación

ESCENA ÚNICA

Marta: Mario, explícame qué diablos hacemos aquí, se supone que entraríamos esta noche a las casas del norte ya que los dueños se fueron de vacaciones.
Mario: En esta casa hay algo muy valioso que necesitamos sacar, pero ya cállate que nos descubrirán.
Marta: Pero ¿Qué es?
Mario: Ahorita lo vas a ver, tú no te preocupes está todo perfectamente medido, los que viven en esta casa salieron esta noche a cenar, luego irán al cine y posiblemente verán la nueva de esa saga famosa.
Marta: ¿La de las momias, extraterrestres, hombres lobos y vampiros del espacio?, ¡Bah! La gente debería ver más películas de arte o leer un libro en vez de malgastar el tiempo, y ustedes (al publico) no crean que por ser ladrones no tenemos cultura que ya es bastante molesto que nos digan que somos malos por tener que sobrevivir de este digno trabajo para que además nos llamen ignorantes.
Mario: ¿Verdad? Somos ladrones pero nunca ignorantes, de hecho el 30% de lo que robamos son libros para la biblioteca municipal. Bueno, bueno ya dejando la política de un lado, dime Marta ¿puedes abrir la puerta?
Marta: Hasta crees... la gente de ahora ya no confía en el prójimo, ahora le ponen a su puerta tres candados, una cadena, una reja de metal inoxidable y su sistema de seguridad con código numérico.
Mario: ¿Por qué nos hacen el trabajo tan difícil? Si todo lo que les quitamos ustedes lo reponen en tres días. ¿Creen que es divertido escalar hasta la ventana y utilizar las herramientas para poder entrar a sus casas?
Marta (casi llorando): No, es que así no se vale, uno se tiene que ganar la vida haciendo malabares cada vez más y más peligrosos sólo porque la gente de ahora es bien insegura. ¿Ven? Hasta me hacen llorar.
Mario: Te entiendo Marta, te entiendo, tu llora que yo te apoyo y ustedes (al público) también deberían sentir un poco mas de simpatía por nosotros porque seremos ladrones pero sentimientos tenemos.
Marta: Mario, la puerta está abierta.
Mario: ¿Cómo?
Marta: La puerta está abierta, entra rápido por lo que necesitas yo te hecho aguas.
Mario: Gracias diosito por escucharnos. (Entra rápidamente a la casa, luego sale con un perro)
Marta: ¿Qué es eso?
Mario: Es Michito, mi perro, ya sabes... para la casa.
Marta: ¿Cómo que tu perro?
Mario: Si, esta es la casa de mis papas, es que extrañaba a mi perrito.
Marta: ¡Mario!
Mario: Hay perdón.

Después de haber leído el texto anterior responde:

1. El anterior es un texto:
a.    Informativo.
b.    Narrativo.
c.    Dramático.
d.    Ninguno de los anteriores
2. El narrador en este fragmento es:
a.    Narrador- testigo.
b.    Narrador participante.
c.    Narrador omnisciente.
d.    Narrador In- Off.
3. El autor de esta obra es:
a.    Gabriel García Márquez
b.    Ricardo Abril
c.    Alan Rejón
d.    Ninguno de los anteriores
4. Esta historia se desarrolla en tiempo:
a.    Pasado.
b.    Futuro.
c.    Presente.
d.    Ninguno de los anteriores
5. La siguiente expresión es: “(Entra rápidamente a la casa, luego sale con un perro)
a. Acotación
b. Diálogo de Marta.
c. Diálogo de Mario.
d. Diálogo del narrador.
6. La historia del teatro se remonta a:
a.    Italia.
b.    España.
c.    La antigua Grecia.
d.    Colombia.
7.  El teatro o drama se define como:
a.    Composición narrativa escrita en prosa o en verso que representa una historia real o ficticia.
b.    Composición lirica escrita en verso que representa una historia real o ficticia.Composición informativa escrita en verso que representa una historia real o ficticia.
c.    Composición dialogada escrita en prosa o en verso que representa una historia real o ficticia dramatizada por unos personajes frente a un público determinado.
8. Los elementos del guión o libreto son:
a.    Título, autor, introducción, director, actores, personajes, tiempo, narrador, espacio, escenografía, vestuario, maquillaje, luces, música  y tema.
b.    inicio, nudo, desenlace, escenografía y argumento.
c.    Actos. Escenas, cuadros, tema, música, espacio.
d.    Ninguna de las anteriores.
9. Una de las siguientes no es un tipo de     representación teatral:
a.    Tragedia.
b.    Declamación.
c.    Comedia.
d.    Tragicomedia.
10. Los siguientes elementos: acotaciones, diálogos, interjecciones,  pertenecen al siguiente tipo de texto:
a.    Informativo.
b.    Narrativo.
c.    Guión o libreto.
d.    Ninguna de las anteriores.

11. El vanguardismo se define como:
a)    Un movimiento intelectual, cultural y literario  de finales del siglo XIX,  y comienzos del XX que transformó la manera de escribir la poesía.
b)    Un movimiento literario que impuso un nuevo estilo de escritura, las artes, la pintura, creando nuevas técnicas narrativas.
c)    Un movimiento literario que impuso un nuevo estilo de escritura y en cuyas características se refleja las costumbres, los ritos, la música, la comida, el vestuario, el dialecto y la forma de vida  de una sociedad en particular.
d)  Un movimiento literario que impuso un nuevo estilo de escritura, las artes, la pintura, creando nuevas técnicas narrativas, desaparición del narrador omnisciente, cuyas características desarrollaron los ismos con temáticas sencillas y cotidianas nuevas propuestas de escritura de acuerdo a la jerga.

12.  Las características de la Vanguardia son:
______________________________________________________________________________________________________________________________
13. Escriba el número correspondiente al autor y su obra
AUTOR
#
OBRA
1. VICENTE HUIDOBRO

*FICCIONES
*SIETE NOCHES
2. JORGE LUIS BORGES

*ARMANDO REVERÓN
*EL HOMBRE MONO
3. NICOLÁS GUILLÉN

*ALTAZOR
*ECOS DEL ALMA
4. CARLOS CONTRAMAESTRE

*SENSINI
*2666
5. ROBERTO BOLAÑO

*PRIMER MANIFIESTO NADAISTA
*ADANGELIO
6. GONZALO ARANGO

*POEMAS DE TRANSICIÓN
*CEREBRO Y CORAZÓN
14. Escriba los ismos que desarrolló la vanguardia.
____________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

15. Fue una explosión literaria y editorial de las obras de escritores latinoamericanos en la década de los 60´s y 70´s. Hace referencia a la literatura hispanoamericana publicada a partir del tercer cuarto del siglo XX que dio difusión en Europa a autores del sur del continente americano. Las novelas de este género se distinguen por tener una serie de innovaciones técnicas en la narrativa latinoamericana
a.    Romanticismo
b.    Clasicismo
c.    El Boom
d.    La ilustración

16. El género principal que desarrolla el Boom es:
a. El dramático
b. El lírico
c. El épico
d. El narrativo: la novela

17. Escriba las características del Boom.
____________________________________________________________________________________________________________________________

18. Realizar la actividad del de las págs. 10-11-12-13


19. Complete el cuadro con autores del BOOM, ciudad y fecha y obras, página:
AUTOR
CIUDAD Y FECHA
OBRAS






















 20. Escriba un comentario crítico sobre el plan lector: “Del amor y otros demonios”
__________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

TABLA DE RESPUESTAS
1
2
3
4
5
6
7
8








9
10
11
12
13
14
15
16








17
18
19
20























“El esfuerzo, la responsabilidad, la dedicación y el compromiso personal por querer ser mejor persona cada día, son la verdadera clave del éxito”
Claudia Patricia Cárdenas